Macron de Anne Fulda Ediciones Península

Emmanuel Macron es un seductor nato. Desde su más tierna infancia, ha vivido rodeado de la admiración, el aliento y la aprobación de los demás, especialmente de sus mayores. Una de las primeras personas con la que forjó una relación especial fue su abuela, de la que sigue hablando a menudo. En la escuela consiguió el respeto de sus profesores y, más tarde, subyugó por su inteligencia y capacidad empática a muchos de los que luego apadrinaron su carrera profesional y política. Cuenta sin duda con el apoyo incondicional de Brigitte, su mujer, con quien forma una pareja cuya singularidad no reside en la diferencia de edad sino en el hecho de que ella es la única mujer a la que Macron ha amado desde los dieciséis años. Y logró, para sorpresa de muchos, el beneplácito de los franceses, a los que conquistó con la misma determinación con la que se ha enfrentado siempre a todos los prejuicios.

¿Es de derechas? ¿De izquierdas? ¿Moderno? ¿Posmoderno? ¿Transgresor? Macron parece, de entrada, un producto del sistema que pretende conseguir que el sistema se tambalee. Alguien que sabe jugar de maravilla, al menos en apariencia, al arte del contrapié. Un revolucionario en pantalón corto que seduce y engatusa a los medios de comunicación como un consumado profesional. ¿Traerá el cambio de verdad a Francia? ¿Logrará la refundación de Europa que propone? ¿O solo es alguien que ha sabido aprovecharse del momento y del rechazo de la población hacia los políticos tradicionales?

La autora

Anne Fulda es periodista. Es responsable de la sección «Portraits» de Le Figaro. Ha publicado Un président très entouré, François Baroin, le faux discret y Portraits de femmes.

Extracto de la obra

«“Es extraño que nadie sepa de dónde viene —y continuó—: Traté de entrevistarle… Con las personas que hablan muy bien, francamente, conseguir que digan algo, una verdad cualquiera, es difícil”.

Como de costumbre, Houellebecq acierta. Bajo una fachada lisa de tecnócrata educado en los mejores colegios de la República, Emmanuel Macron resulta inasible. Múltiple. Dispuesto a entregar solo lo que él quiera de su intimidad y en cambio a exponer generosamente lo que desea resaltar. Nadie lo conoce de verdad. Tiene pocos amigos. “Emmanuel necesita a todo el mundo y no necesita a nadie. Nadie penetra en su perímetro. Los mantiene a todos a distancia”, afirma su esposa. El exministro de Economía conserva cierto misterio, cierto disimulo, incluso cuando se expone de pleno. Es como un trampantojo, como un edificio construido sobre cimientos móviles; una historia personal al servicio de una ambición evidente. Aunque dicha historia esté algo retocada o idealizada.

Macron “el mutante” llegó sin hacer ruido. Fue apareciendo en los medios poco a poco. Con su cara de muñeco “tecno”, simpático y cool, posando en mangas de camisa en su despacho del Elíseo.»

«Él supo observar. Se volvió indispensable. Imbatible. Se integró en el sistema, del que es el precipitado perfecto. Para destacar mejor. Y presentarse, para colmo, como candidato antisistema.

Es un político que escucha a Francia, que empatiza con ella, como ha hecho con todos sus padrinos. Una auténtica esponja, según quienes lo aprecian. “Alguien que succiona a las personas como una sanguijuela”, resume, de un modo algo crudo, un antiguo camarada de la Escuela Nacional de Administración (ENA) que lo describe como un “ser sin disposición afectiva”, alguien que, como Hollande, esconde una carcasa de acero templado tras un rostro afable.

Macron tiene también una sorprendente relación con el tiempo. Nunca parece que lo pillen desprevenido. Nunca va con prisa. Siempre está dispuesto a ofrecer su tiempo, como una prueba de amor, de atención. Un elemento de seducción más. Es como un niño viejo que quisiera aplicarse la frase de Oscar Wilde: “No hay que sumar años a la propia vida, sino tratar de sumar vida a los propios años”.»

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