En El jardín dormido (Espasa), Carla Gracia vuelve a la novela con una historia que acaricia y remueve a la vez: la de Iris, una mujer que parecía tenerlo todo bajo control hasta que su vida se rompe por dos frentes. En Londres, Iris renuncia a su puesto en uno de los bancos más prestigiosos del mundo tras descubrir que su prometido, Alister, la engaña con su jefa. Pero el golpe verdadero llega con «El Gran Desastre»: la muerte de su hermana pequeña, Lily. A partir de ahí, la rutina deja de sostenerla.
Cuando aparece un anuncio insólito —»Se busca persona sensible…»— Iris acepta un trabajo improbable: despertar un jardín dormido en una finca de Fontallac, en el Ampurdán. Lo que encuentra allí no es solo vegetación descuidada, sino una casa con nombre de advertencia: la Casa del Olvido. Y un lugar que parece tener memoria propia, como si el jardín fuera «un cuerpo olvidado, cubierto de cicatrices antiguas», esperando una nueva estación.
Acompañada por su red de afectos —Amy, su amiga que trabaja en pediatría; Enzo; y Luca, el hermano de Enzo y novio de Lily— Iris se enfrenta a una verdad incómoda: el duelo no tiene GPS. «En la vida no tenemos mapas… el viaje puede durar años o solo unos minutos». Y, sin embargo, cada pequeña acción cuenta: limpiar, podar, plantar, respirar.
En esta novela, las flores no son decoración: son lenguaje. Diente de león, datura, rosa de Jericó, eléboro, lavanda, mimosa, hiedra, caléndula, violeta, lirio, musgo… y esa menta que «espanta los miedos y las penas». Mientras el jardín se reordena, Iris comprende algo esencial: no era el jardín el que despertaba. Era ella.
En nuestra entrevista en Atrapalibros, Carla Gracia nos habla de healing fiction, de belleza y sombra («todos somos ángeles y demonios»), de secretos familiares y de una idea luminosa que sobrevuela el libro, a lo Leonard Cohen: quizá no haya cura para el amor… pero el amor puede ser la cura de muchos males.










