“Los juegos florales” es una tragicomedia que cuenta las tribulaciones de Ignacio Benavides, un joven aspirante a escritor con una vida social y amorosa casi inexistente, que entra en un mundo frívolo que no conoce. Es un niño perdido, como los de Peter Pan.

El autor, Santiago Isla, nos habla de la frustración, de las promesas, de las decepciones. El desamor o la búsqueda del fracaso le abren camino al arte de contar la herida. Hay en él una potencia insólita para alguien que escribe como quitando importancia a lo que dice mientras es capaz de ver la destrucción o el amor, un mundo que se le desmorona al tiempo que lo mira. Todos los personajes son parte de una película que él narra mientras se aleja, como si llegara a este mundo para contarlos, rozarlos y despedirlos.

Santiago Isla, sigue siendo un “flâneur” —agudo paseante y observador— en esta novela “sobre las promesas, las decepciones, la frustración”, con un narrador connotado, irónico y autocrítico que, sin embargo, conserva la esperanza «de un último tren hacia el futuro». El joven autor marca distancia con un estilo tremendamente personal y confirma los dones con los que se calificó su primera novela: frescura, luminosidad, altura, elegancia, inteligencia y entusiasmo.

“Los juegos florales” se divide en tres partes, con un total de 32 capítulos, y un epílogo. Está narrada en una tercera persona focalizada, en buena parte de la novela, en Ignacio Benavides, aunque no solo en él. El autor utiliza la analepsis al principio de la historia para narrar el desgraciado amor del protagonista por Carlota Ron y, de paso, la génesis de su novela Darse cuenta, que años después, ya en el presente, impulsa la acción.

La ironía y el humor impregnan toda la novela. Santiago Isla busca la sonrisa cómplice —a veces una simple insinuación— a partir de la inteligencia. Se deja notar especialmente en las descripciones de los personajes, en las que utiliza con sutileza todo tipo de figuras: «el pelo largo y un pelín canoso, la barba cuidada, el buen olor y la tranquilidad en la propia piel, hablaban de cuero, de scotch, de partido de tenis y de un uso intencionadamente desastrado de las redes sociales» (p. 54).

El argumento

En Madrid, la joven generación del desencanto sigue sobreviviendo en sus trabajos precarios sin mayor horizonte que el día siguiente, agarrada a sus aficiones con una obsesión no exenta de la melancolía que impregna los finales de época: la música, las fiestas, las marcas, el coleccionismo de chicos y chicas, la gastronomía y mucho de ese amor ideal que Ginsberg consideraba el peso del mundo. Este es el paisaje en el que vive Ignacio Benavides, quien, para complicarlo aún más, ha elegido como tabla de salvación la literatura, eso de lo que ya sabemos que es muy difícil vivir… A no ser que tengas contactos en las productoras de contenidos: y eso es lo que le acaba de suceder. Con la ilusión de ver sus sueños cumplidos y de redimirse de su propio spleen, Ignacio empieza a frecuentar a los conseguidores del pijerío cultural madrileño que viven de las rentas y a las musas de cartón piedra que los acompañan.

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