Foto cedida por la autora

Una casa, una cena, unas vacaciones, una pareja, una amistad. En los relatos de Eider Rodríguez no hace falta que ocurra una gran catástrofe para que todo empiece a inquietar. A veces basta un gesto mínimo, una frase que queda flotando, una espera, una incomodidad que nadie nombra todavía.

En Era todo el mismo hueco, la escritora vasca reúne seis relatos donde lo cotidiano funciona casi como una superficie en calma. Debajo, sin embargo, algo se mueve antes de que los personajes sepan leer la señal. Una mujer que inicia un affaire durante una ola de calor. Dos adolescentes ante su último verano juntas. Una escritora que cena en una casa demasiado perfecta. Una pareja que empieza a cavar bajo su vivienda para ganar espacio. Una mujer aislada en un hostal de Tailandia mientras su familia sigue de vacaciones. Otra que acompaña a su pareja durante una sedación paliativa.

El libro, publicado por Literatura Random House, confirma la relación de Eider Rodríguez con el cuento como territorio propio. No como una forma menor ni como un paso previo a la novela, sino como un espacio donde no siempre hay que explicarlo todo. A veces el relato se queda justo ahí: en el instante en que algo cambia, aunque nadie sepa todavía qué nombre darle.

En esta entrevista de Atrapalibros hablamos con Eider Rodríguez sobre esa tensión que atraviesa sus cuentos «a la manera de un thriller», aunque no haya un crimen ni una intriga visible. Una cena, una playa, una casa familiar, una habitación o una cueva pueden bastar para que el lector note que algo no encaja.

También conversamos sobre los espacios de borde que aparecen en Era todo el mismo hueco: una ruina, una cueva, un hostal, una casa excavada, una isla, una habitación donde alguien muere. Lugares donde los personajes quedan fuera de sitio y ya no pueden seguir engañándose de la misma manera.

Los relatos miran el deseo, la pareja, la amistad, la maternidad, la clase social, el cuidado y el cansancio sin buscar una explicación cómoda. En «Canícula», el deseo no llega limpio, sino mezclado con el marido, el perro, el dinero, el cuerpo y una vida que ya venía acumulando grietas. En «Mares y ruinas», una amistad adolescente no se rompe de golpe: empieza a desajustarse cuando una de las dos imagina una vida en la que quizá la otra ya no cabe. En «El agujero», ampliar una casa puede parecer una forma absurda y precisa de hablar de una vida que se ha quedado pequeña.

Era todo el mismo hueco obliga a detenerse en lo que normalmente pasa de largo: un cuerpo que avisa, una casa que delata demasiado, una pareja que ya no encaja, una familia que sigue funcionando mientras alguien queda fuera del plan. Quizá el hueco más difícil no es el más visible, sino el que tardamos demasiado en reconocer.

Dale al play y acompáñanos en esta conversación con Eider Rodríguez.

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