En julio de 2016, la primera noche de San Fermín, cinco hombres metieron a una chica de 18 años en el portal de un edificio de Pamplona. La arrinconaron, le quitaron la ropa, le metieron el pene en la boca por turnos, la penetraron vaginal y analmente mientras hacían fotos y vídeos, cogieron su móvil y se marcharon.

La sentencia del caso, que considera probados los hechos, mantiene, sin embargo, que los cinco son culpables de abuso sexual y no de agresión. Los jueces no ven ni violencia ni intimidación en sus acciones.

La tormenta colectiva derivada del fallo no se hizo esperar; la sociedad parece estar despertando en masa. La hartura, honda y vieja, se ha puesto de pie.

Violadas o muertas Isabel Valdes

Extracto obra

«[Las mujeres] acabamos preguntándonos si nuestra supervivencia depende de una reacción instintiva frente a una agresión. Si tenemos que elegir entre ser violadas o ser asesinadas; si acaso tenemos elección o qué ocurre cuando la tomamos. La violación es el delito en el que más se juzga el comportamiento de la víctima. Si alguien mata a otra persona, nadie pregunta si se resistió. Y he ahí la barbarie: si decidimos pelear, tenemos que ser conscientes de que hay posibilidades de que nos peguen, nos torturen o nos maten. Y, si decidimos dejar que pase —como recomiendan todavía manuales y guías para enfrentarse a una violación—, tenemos que ser conscientes de que, frente a un juez, nuestra sumisión o la ausencia de una negativa expresa, verbal o física, puede suponer la diferencia entre un abuso y una violación. Así que la responsabilidad de que una violación sea más o menos salvaje, la responsabilidad de vivir o morir en un caso extremo, parece ser nuestra.»

«Hubo quien creyó que, si de alguna forma se hubiese explicado en qué consistía el delito, aquel incendio no se hubiese producido. Tal vez no hubiese sido tan virulento. Tal vez. En cualquier caso, había algo más que un problema de semántica. No tenía que ver solo con que la interpretación jurídica de los conceptos de violación y abuso no concordara con el uso que le da la sociedad. De fondo latía la percepción, también distinta, sobre cuándo, cuánto y cómo nos sentimos intimidadas y violentadas.»

«En dieciséis días, el juicio a La Manada consiguió generar una suerte de antimanual de la dignidad, la lógica y, si apuramos, la evolución. Todos los clichés, los estereotipos y los grilletes con los que la sociedad machista ha mantenido a raya a las mujeres durante siglos hicieron su particular puesta en escena, por capítulos, retransmitida al mundo a través de lo que los periodistas lograban cazar a la puerta del juzgado o lejos de él, y aderezada con el grado de truculencia que a cada uno le pareció bien.»

«Los jueces nacen y crecen y opositan en la misma sociedad llena de prejuicios y estereotipos que el resto, y eso predispone a quien juzga y compromete la imparcialidad: Franquear estos mitos no es fácil: exige formación y capacitación para juzgar con perspectiva de género. Que no es otra cosa que buscar soluciones jurídicas justas a situaciones de desigualdad. Y no hay grises ni neutralidad en esta cuestión. Ya no.»

La autora

Isabel Valdés (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1985), estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Es redactora en El País, donde ha trabajado en proyectos especiales durante varios años. Ahora está detrás del suplemento Tentaciones. Coordina el espacio Mujeres del periódico y escribe sobre actualidad, cultura, música, y, sobre todo, feminismo. Participa en charlas y conferencias relacionadas con la igualdad y la perspectiva de género y es parte (muy convencida) del movimiento Las Periodistas Paramos.

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