© Atrapalibros

Un silencio puede incomodar, proteger, responder, rechazar, acompañar o convertirse en una forma de protesta. También puede interpretarse de manera distinta según la edad, el grupo social, la relación entre quienes hablan o la cultura a la que pertenecen. Eso es precisamente lo que recorre Lola Pons en El dedo en los labios: una historia del silencio dentro de la lengua y de la comunicación.

En la conversación con Atrapalibros aparecen algunas de las historias más curiosas del libro. El gesto de llevarse el dedo a los labios conduce hasta Horus niño y Harpócrates; de aquel «chist» usado para mandar callar nacieron palabras como «chistar» y «chiste»; y expresiones como «hacerse el sueco», «dar la callada por respuesta» o «callarse en siete idiomas» muestran hasta qué punto la lengua ha encontrado formas muy distintas de hablar de no hablar.

También hay silencios que cambian según el lugar. Japón, Roti, los paliyan de la India o los igbo de Nigeria sirven para comprobar que dominar una lengua no garantiza entender todos sus códigos culturales. Una pausa demasiado larga, una respuesta que no llega o algo que queda implícito pueden interpretarse de manera muy distinta dependiendo de quién esté al otro lado.

El recorrido llega igualmente a la literatura, a los refranes y a las relaciones de poder. Desde el «de cuyo nombre no quiero acordarme» de Cervantes hasta el «calladita estás más guapa» y toda una tradición que valoró el silencio femenino mientras censuraba a la mujer que hablaba demasiado.

Lola Pons cuenta que este es un libro distinto a los anteriores, más personal, y que escribirlo ha cambiado incluso su manera de mirar un simple cartel que pide silencio. Quizá porque, después de seguir durante años la historia de las palabras, ha descubierto cuánto puede contar aquello que aparentemente no dice nada.

 

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