«Hace un año perdí los nervios». Así entra Macarena Lago en La Osa de Ándara. No conocemos todavía todos los motivos, pero sabemos que lleva un año apartada del trabajo y que su regreso a Homicidios de la Unidad Central la llevará directamente a Cantabria.
Carmen Macedo sitúa su nueva novela negra en Liébana y los Picos de Europa. Allí, junto a la iglesia de Santa María de Lebeña, aparece el cadáver de Yeray Santana. Muy pronto surgen semejanzas con otro crimen anterior y la investigación empieza a buscar algo más que un culpable: un patrón, un perfil y el significado de unos escenarios que parecen elegidos con demasiado cuidado.
Macarena no trabaja sola. Laura Lavalle, capitana de la Guardia Civil en Cantabria, conoce el territorio y a quienes viven en él. La primera llega desde fuera con las herramientas de la perfilación criminal; la segunda sabe leer los silencios y las dinámicas de la zona. La fricción entre ambas forma parte de la investigación desde el principio.
En La Osa de Ándara, la criminología convive con otro lenguaje: el del arte medieval, las iglesias, los símbolos y las leyendas cántabras. La Osa que da título al libro pertenece al imaginario de Liébana y remite a una mujer salvaje vinculada a la montaña, la naturaleza y lo desconocido. La tradición incluso apunta a que detrás del mito pudo existir una mujer real.
Ese cruce entre investigación racional y lectura simbólica recorre toda la novela. Macarena y su equipo trabajan con perfilación, victimología y también con un perfil geográfico, mientras las propias escenas obligan a preguntarse qué importancia tienen las víctimas, los lugares elegidos y aquello que el asesino parece querer dejar a la vista. El dosier de la novela subraya precisamente esa convivencia entre criminología, mitología cántabra y patrimonio medieval.










